El viejo, dio un fuerte golpe con la palma de la mano en la rústica puerta
de madera de la casita, y con su voz potente y gesto firme, miró a cada uno de
sus diez hijos.
“¿Ven esta puerta? Bueno... de acá no sale nadie sin educación y
estudios” Setenta años después, mi abuela, recordaba aún el golpe y las
palabras que había proferido su padre con tono amenazador.
El viejo, que a los pocos meses de llegado al país, ya leía y escribía en
castellano fluidamente, se ocupó de enseñarle a los peones a leer, escribir y
un poco de matemáticas.
Lo mismo hizo su amigo y vecino de la casa de enfrente. Por eso lo apodaron el “Maestro Efron”, que tuvo una hija cantante de jazz
y periodista. Una tal Blackie, amiga de mi abuela.
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La abuela, se levantaba a las cuatro de la mañana, y ayudaba a su madre a
preparar el desayuno: un pobre sancocho de harina de maíz, leche y azúcar.
Luego, darle de comer a los animales. Vacas, gallinas y el caballo. Una vez
finalizada esa tarea buscaba en la casa a tres hermanitos menores y los subía al
caballo para ir a la escuela.
El animal, sabía de memoria el camino. La abuela, con el día apenas
amanecido, miraba el sendero para comprobar que no hubiese un pozo imprevisto o
algún pequeño animal que asustara al caballito.
Cuando llegaba a la escuela, solo, se detenía. La abuela ayudaba a
desmontar a los más chiquitos, tras lo cual le decía: “volvete a
casa”
El nobilísimo animal, caminando despacito, regresaba a la casa y pasaba el
dia allí. Le daban agua, comida, descansaba y -a veces- alguien lo montaba para
recorrer el minúsculo campito.
Horas después la bisabuela lo desataba del palenque y le decía “andá a
buscar a los chicos”. Ellos, esperaban a la entrada de la escuela y lo
veían llegar por el sendero, con paso lento.
Así, cada día, de cada mes, de cada año, de toda la escuela primaria de los chicos. Luego de la escuela, los más chiquitos a jugar y la abuela, a partir de los 10 años, a trabajar en el campo.
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En Barcelona, viví en la calle Jocs Florals (Juegos Florales) De la Antigua
Roma, los “Ludi Floreales”. Tenían carácter religioso, popular y algo
escandaloso.
Pasaron a Europa en la Edad Media pero, en forma de competencia literaria.
Se premiaba el mejor poema de temática amorosa.
Toulouse, Valencia y Barcelona fueron las principales ciudades de esta competencia. De ahí, el nombre de la calle a modo de homenaje, en la "Ciudad Condal”
Toulouse, Valencia y Barcelona fueron las principales ciudades de esta competencia. De ahí, el nombre de la calle a modo de homenaje, en la "Ciudad Condal”
El concurso literario también llegó a Latinoamérica. La Habana, Buenos
Aires, Tucumán, Santiago de Chile...
En cuanto a mi calle, “Jocs Florals” era estrecha, proletaria y silenciosa.
A unos metros de casa, un pequeño mercadito y carnicería. “La Tendeta” en
catalán. Típica vivienda con local al frente.
Gente amabe, sencilla. Charlando con el padre de la dueña -un octogenario
magro, taciturno y con un pobre español- se me ocurre preguntarle si había leído... algo...
Ya no recuerdo qué.
La mujer, que seguía nuestra charla desde el otro lado del mostrador,
ruborizada me dice: “El ‘pare’ no sabe leer ni escribir. Tuvo que
salir a trabajar desde muy chico.”
Solo pregunté: “¿Su padre nació y vivió siempre en Barcelona?” “Sí,
siempre en Barcelona, y siempre en este barrio” “Entiendo” fue mi
lacónica respuesta.
Inmediatamente vino a mi memoria la abuela, sus hermanitos y el caballo,
que no dejaron de ir ni un solo día a la escuela.
Con frío, calor, lluvia, tormenta, granizo o plaga de langosta, atravesando campo inhóspitos y feraces como eran -hace 120 años- las tierras entrerrianas.
Porque la cultura hay que cultivarla. Porque ambas palabras, significan lo mismo.
Con frío, calor, lluvia, tormenta, granizo o plaga de langosta, atravesando campo inhóspitos y feraces como eran -hace 120 años- las tierras entrerrianas.
Porque la cultura hay que cultivarla. Porque ambas palabras, significan lo mismo.
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